
Si debiera ser nombrada una tribu con apego ancestral a una tierra, sin duda debería uno referirse a los Caminantes Silenciosos, los únicos que pagaron su lucha con la patria tribal.
En el amanecer de la decimotercera dinastía, Egipto era la cuna de la civilización. No sólo para los humanos. Las tierras del alto y bajo Egipto eran la morada de Obradores de la Voluntad, de gatos oscuros llamados Bubasti y lobos negros que se escurrían entre las dunas y protegían al ganado de los peligros del Inframundo. Todos compartían un enemigo común, uno que se proclamó a si mismo dios entre el rebaño, y la sangre de Egipto no bastaba para saciar su sed. El Dios Serpiente, Set, Sutekh el infame usurpador, el gran mal que trajo la perfídia y la decadencia. Sutekh no dejaba de ser una sanguijuela, aunque su poder era tal que su proclamación de dios no era exagerada, pero no era el único. Conocida era la guerra que mantenía con Horus. Su "hermano" era el opuesto del Dios Serpiente. La luz de su oscuridad, y aún siendo un Vampiro se le atribuye la "creación" de las Momias, que siempre ayudaron a combatir a los hijos de Set.
En aquel tiempo los sobrenaturales hijos de Egipto se unieron contra el siervo del Wirm y fueron valedores de una pueril victoria. Entre los Caminantes Silenciosos se alzaba Shu-Horus, el mayor guerrero de los Garou egipcios, aquel que consiguió herir de muerte a Sutekh. ¿Se puede matar a un dios? La respuesta cayó sobre la alianza como una maza divina que separó a sus miembros entre un mar de dunas.
Se dice que en aquel entonces Set obró la maldición que expulsó a los Caminantes Silenciosos de Egipto, despojándolos tambíen de su patria tribal, Ta-tchesert.
Los Garou no fueron las únicas víctimas de la ira del Dios Serpiente. Los Bubasti fueron perseguidos casi hasta la extinción, y los Kiphur, su Parentela fué erradicada. Algunas leyendas Bubasti hablan de como Sutekh robó a los últimos Kiphur y los conservó, convirtiéndolos en abominables Ghouls, que esperan hinchados de sangre los designios del tirano.
Los Magos en cambio, salieron incólumes de la derrota, haciéndose dueños y señores del Tuat (La Umbra Egipcia) y obraron su voluntad sin preguntarse si quiera por las repercusiones, lo que probocó la escisión de los Doce Reinos de la Hora.



